El invernadero

jueves 26 de noviembre de 2009

El hombre de azúcar


Si llora a los gritos se pudre, abre la ventanilla y llena sus pulmones con el aire fresco de la ruta. Si en cambio dormita, aunque gimotee y se enrosque con la frazadita de tela, Santiago permanece tranquilo. Pero, en la última hora, el niño no ha parado de gritar. La primer reacción de Santiago fue acariciarlo, apoyarle la mano en la frente, taparlo hasta el cuello con la frazadita y decirle en voz baja que todo irá bien, que no es para tanto. Esta dulzura no duró mucho: el niño, por más cariñoso que se porte Santiago, continua llorando. Ahora mismo está con las piernas encogidas sobre la panza, semi-dormido en el asiento trasero de la duna weekend, varado en una ruta desierta que va de Comecuá a Santa Rosa. Encima hace frío: hasta hace poco Santiago estuvo al borde del camino, con la linterna en mano, aguardando que pasara algún coche. Una hora después y nada: los dos siguen ahí, el chico llorando y Santiago intentando sintonizar, sin éxito, una frecuencia de radio. No hay caso. El niño llora y en la radio solo encuentra interferencia.

– ¡A ver si te callás un poco che!

Santiago busca una pelota de tenis en la guantera y se pone a apretarla. Después la tira hacia arriba y la recoge. Cuando siente el olor a vomito frunce la cara y a las puteadas sale del coche.

– La concha de Dios – grita, abriendo la puerta de atrás y apoyando la cabeza del chico para que el vomito y la saliva caigan sobre el asfalto. Luego, con un pañuelo que saca del bolsillo, le limpia la boca. Todavía enfurecido lo vuelve a acomodar en el asiento trasero. Santiago enciende un cigarrillo y vuelve a buscar señal en su celular. Nada. Camina unos metros hacia delante, levanta el brazo, lo gira sobre si. Nada. Para colmo, ni un puto auto. Cansado agarra su campera y empieza a caminar hacia los pinos. Siente en los pantalones de jersey, a la altura de los tobillos, el roce continuo del pasto húmedo. Cada tanto se da vuelta, preocupado por el chico, con el miedo estúpido de que alguien, justo cuando está distraído, pase por la ruta y no frene ante las balizas de la weekend. En el primer árbol se desabotona y empieza a mear. El chorro finito cae sobre la corteza. El mundo es un lugar horrible, piensa Santiago, con la vocación por el pesimismo que lo caracteriza. Luego se sube el cierre y entonces, por hacer algo, continúa caminando, con la certidumbre de que cualquier parte es mejor que el lugar donde se encuentra.

– ¿Qué mierda voy a hacer? – se pregunta en voz alta.

Antes de darse cuenta está llegando a un rancho abandonado, en el medio del bosque, un rancho pintado de negro y con un cartel de madera colgado de una ventana. En ese cartel Santiago lee Amalia. Rodea la casa, se sienta en el suelo y, encendiendo un fósforo, prende un nuevo cigarrillo. Intenta pensar en una mujer llamada Amalia pero piensa en el chico que grita en el asiento trasero de la weekend. Con la vista vaga entre un piletón derruido, las matas de arbustos y un pedazo de barro que cuelga del techo. En algún momento Santiago siente una palpitación en la cabeza, una especie de urgencia por escapar de ahí, por correr en el bosque. Con la pelota de tenis apretada en la mano llega hasta el auto. Porque tiene miedo apoya la cara en el vidrio y observa. Que infeliz, se dice, revoleando con todas sus fuerzas, hacia delante en la ruta, la pequeña esfera dorada.


Los interiores


Nicolás Almada aprovecha el momento y traspasa el hall de entrada. El patio de recreo está desierto; arriba, en los colgantes que anteceden los techos de chapa, un par de palomas vagonean. Mientras avanza por la galería de la primaria intenta recordar, mejor dicho, compara lo que ve con sus recuerdos: el patio es el mismo pero han cambiado las baldosas; en las columnas, observa con satisfacción, caen pegados con cinta carteles dibujados con prolijidad: tirar la basura en los tachos, no correr, feliz día del maestro, en Dios confiamos y así una lista que Nicolás ya no ve, por la sencilla razón de que está pensando en otra cosa. Lleva colgado un portafolio que se raspa con sus pantalones de jeans; la camisa oscura, un saco de pana marrón, el rostro recién afeitado. En eso escucha un sonido, se preocupa y antes de darse cuenta está trotando hacia la zona de los baños. Se detiene: delante de si tiene el gimnasio, a su derecha el subsuelo, más allá la escalera que lleva al primer y segundo piso, es decir, hacia el instituto. Primero piensa en subir pero como vuelve a escuchar el sonido, ahora convertido en un conjunto impredecible de gritos y pasos que se acercan, se introduce en el baño y cierra la puerta. Lo siguiente no lo ve, pero lo intuye: una fila india de chicos que, siguiendo al profesor, avanza en línea recta. Nicolás se agacha, sin preocuparse por el riesgo, por el absurdo de que un hombre de 42 años esté acostado en el baño de un colegio primario, en posición de alguien que se dispone a hacer su rutina de lagartijas. Cuando escucha la puerta cerrarse, Nicolás se pone de pie, sacude su camisa y mira la hora: las ocho y cuarto. Convencido de que la idea que acaba de tener es extraordinaria, camina hacia las escaleras que dan al segundo piso. Una vez allí, avanza hasta la puerta de un aula. Descubre con perplejidad que no tiene miedo, que de algún modo ha estado esperando esta secuencia desde que se escondió en el baño, quizá desde mucho antes, desde que se levantó a la madrugada, se duchó y afeitó, desde que observó con cinismo, prácticamente envuelto en sus preocupaciones, el noticiero y bebió su café con leche. Puede que, en el trajín de buscar razones, todo empezara hace años pero, como comprende de inmediato, la serie podría ser infinita; algo es seguro: lo que está por suceder en la vida de Nicolás Almada ha sido premeditado. Entonces, cansado de pensar, abre la puerta e ingresa al aula.

De inmediato los alumnos hacen silencio. Almada, mientras tanto, apoya su portafolio en el escritorio. Después, sin sentarse, porque presiente que la pose es la que sostiene aquella expectativa, mira el parte de asistencias. Lo ojea rápido, casi sin prestarle atención, y pide con voz suave, apenas audible, un cuaderno. La chica del primer banco se lo alcanza y Nicolás lee con paciencia: revolución industrial, Inglaterra, división internacional del trabajo. Entonces, de la nada, le viene la idea: uno a uno comienza a nombrar a los alumnos, mirándoles las caras, ubicándolos en el espacio, midiendo el miedo en el tono de cada presente. Cuando llega al último ya tiene su decisión tomada.

– Melina Correa, pase al frente.

Un leve barullo se apodera de los chicos, quienes giran y buscan con la mirada a Melina. Nicolás también la observa sentadita en el fondo, con sus anteojos de marco oscuro y su colita de caballo, pálida, rodeada de pibes, sin saber que hacer, que decir, apretando con fuerza el pupitre.

– La estoy esperando – repite Almada con una seguridad que lo sorprende.

– ¿Al frente?

– Si. ¿No me escuchó? Pase al frente.

Insólito lo que está disfrutando Almada. La chica se pone de pie y camina nerviosa. Una vez allí baja la vista y aguarda. Nicolás se toma el asunto con paciencia, lo que acrecienta el suspenso, hasta que al fin dice:

– Expliquele a la clase porque la Revolución Industrial ocurre en Inglaterra.

Un nuevo terror crece, especialmente porque cada alumno, más que por solidaridad a la pobre piba, presiente que el próximo podría ser cualquiera. Pero esto no le interesa a Almada, es decir, no le interesa dar el salto al futuro, a lo hipotético, lo único que le importa de la situación son las reacciones de la chica que está parada delante de todos, la chica de pollera hasta la rodilla que abre bien grandes los ojos, sin terminar de entender la pregunta.

– ¿Cómo?

Almada repite la pregunta, con gestos de impaciencia.

– Pero no sabía… nadie nos dijo…

– Si no responde tiene un uno.

Melina Correa se queda en silencio. Almada, explotando hacia dentro una felicidad secreta y voraz, se encamina hacia el frente.

– ¿Y? Seguimos esperando.

Entonces la chica comienza a tartamudear y algún hijo de puta se ríe. Almada lo deja.

– Hable bien que no se le entiende – dice, disfrutando esa constelación de poder que ejerce sobre los alumnos. Humillarla, piensa, humillarla mucho, que nunca se olvide de esto. Pero tampoco quiere pensar, ni recordar, pretende acumular su atención en los gestos de esa chica que ahora tiembla y no logra producir una idea.

– In.. ingla.. glagla… terra tenía pupupu erto

– En mi clase no se tartamudea – espeta, sabiendo que con esa frase reveladora la chica se hundirá cada vez más, irreversiblemente. ¿Si la dejo así durante horas? ¿O será mejor cambiarla por otro? Porque hay otros, lo sabe, pero decide aguardar todavía un poco, sabiendo que la chica está a punto de largarse a llorar. Ya no habla, mejor dicho, no intenta hablar, solamente sufre: ha llegado a ese punto en que ya no quedan esperanzas.

– ¿Usted es o se hace? ¿Cómo llegó a tercer año? ¡Tartamuda! – grita, completamente sacado.

El que antes se había reído ahora baja la cabeza avergonzado. La chica se larga a llorar: primero despacio, sofocándose, como si no tuviera fuerzas mas que para encerrarse en una capsula, pero después, ya sea porque Almada no afloja la tensión ni la dispensa del sufrimiento o porque ha decidido liberar su angustia, Melina Correa empieza a toser, a ahogarse, al final se pone coloradísima y corre hacia la puerta.

– Ah, me imaginaba, no sabe nada.

Almada la observa luchar con el picaporte plateado y salir al pasillo, al sol de la mañana, a las palomas, finalmente al baño: ninguno la ayuda, nadie se rebela porque rebelarse, comprenden, es exponerse. Nicolás se acerca al escritorio, busca una birome y finge anotar algo al lado del nombre de Melina Correa. En ese momento la puerta vuelve a abrirse e ingresa una mujer de veintitantos, morocha, muy linda, con un guardapolvo blanco.

– ¿Qué está pasando acá? – dice mirando al aula, esperando respuestas, y luego al hombre que la mide con odio, mordiéndose el labio inferior de la boca – ¿Y usted quién es?

Algo comprende porque da un paso hacia atrás, como buscando refugio.

– Hizo llorar a Melina – grita la chica que antes le prestara el cuaderno de clase a Almada.

La preceptora se da cuenta que el último banco de la segunda fila está vacío; siente que nunca ha estado en semejante situación, que debería dominarse. El tipo ya no la mira, aunque recoge su saco y amontona cosas en un portafolio.

– ¿Me puede explicar que sucede?

– Soy el profesor sustituto – dice Almada, muy sereno – ahora mismo voy a hablar con la directora.

Una vez dicho esto, Almada pide permiso y sale del aula; avanza por el pasillo pero, en lugar de dirigirse a la dirección, baja las escaleras y sale del instituto. Saluda al portero con un hasta luego, que tenga buen día. Una vez en la calle siente frío, nota que está en mangas de camisa, que se ha olvidado el saco en el aula.


viernes 13 de noviembre de 2009

El umbral


Ven al hombre boca arriba, con los brazos abiertos, como crucificado. En realidad, mientras caminan por el campito, lo primero que distinguen es una cosa tumbada, demasiado larga para ser un perro. Ya encima tienen la seguridad de que es un hombre y algo les dice, como un exceso de información, que ese hombre está muerto. Uno de los chicos lo tantea con el pie y murmura unas palabras dirigidas a su izquierda. Damián comprende y deja caer la pelota de fútbol en la tierra: la pelota rueda en el desnivel hacia el arco más viejo, el que se inclina levemente hacia atrás, el que le da la espalda a la ruta. La noche está estrellada y hace calor, pero nada de esto explica que el hombre, en principio muerto, esté desnudo sobre la tierra. Damián lo vuelve a patear, pero el hombre no está borracho ni se ha quedado dormido a la intemperie, en pelotas, mirando el cielo. “Quizá está pasado de rosca” dice Damián, pero Felipe responde que no, que el chabón está muerto, que lo tiraron y lo dejaron así, a la buena de Dios. Mientras tanto la pelota sigue rodando hacia atrás hasta clavarse en un pozo, casi en el semicírculo de cal del mediocampo. Felipe se llena los pulmones de aire y comenta que hay que llamar a alguien, que alguno de los dos, o los dos juntos quizás, tendría que parar un coche o correr hasta el barrio y avisarle a los viejos.

– Boludo, mirá que blanco está – y Damián descubre, cuando unos focos iluminan la escena, que jamás ha visto un hombre con la piel tan lechosa como este hombre.

– Nadie nos va a creer – comenta Felipe, llevándose ambas manos a la cabeza.

– ¿Y porqué tiene los brazos así? ¿Ves? Abiertos, y las pies juntitos, como si descansara.

Ambos miran hacia arriba, porque creen que el hombre también contemplaba algo. Buscan ese algo hasta que se aburren. Entonces Felipe se acuerda de la pelota. Giran la cabeza y la presienten allá, en el pozo, quietecita.

– Anda a buscarla boludo, que no es mía.

Mientras Damián corre, Felipe se da cuenta de algo: la cabeza del hombre, mejor dicho, el cuerpo del hombre traza una línea recta con el segundo palo del arco. Se lo comenta a Damián, quién acaba de llegar con la pelota arrinconada en sus gambas.

– Capaz palmó atajando un penal ¿no?

– Anda a cagar.

– ¿Y si hay otros?

Los chicos se quedan inmóviles. Detrás continúan pasando los autos sumidos en velocidades que resaltan con la quietud del campito. “Vamos a buscar a alguien che” dice Felipe cuando un pájaro se estrella en el otro poste y cae al lado del muerto.


sábado 31 de octubre de 2009

Superhéroes


– Yo me vuelvo invisible cuando nadie me ve – dijo Nicolás e inmediatamente miró por la ventanilla. Era una noche de verano, pesadísima, y Nicolás transpiraba, un poco por el calor, otro poco por la vergüenza de lo que acababa de contar. El remisero se llamaba Luca y estaba conduciendo hacia la “V reunión de sujetos extraordinarios” (RSE). Nicolás, en un acto de gran valentía, no se sabe bien porque, quizá para justificar su apariencia, había sentido la necesidad de explicarle su poder.

– Me vuelvo invisible pero cuando estoy solo…

Nicolás se preguntó entonces si Luca no lo miraba para no ponerlo en ridículo. Podría explicarle: tengo que activar mi superpoder, de otro modo soy como cualquiera.

– Así que vos vendrías a ser el hombre invisible ¿no?

– Prefiero que me llamen el hombre transparente.

Nicolás permaneció en silencio, esperando. No sucedió nada.

– El tuyo es un superpoder bastante inútil, se me ocurren poderes más piolas.

– ¿En serio?

– A ver, decime: ¿de qué te puede servir desaparecer si nadie te ve?

Nicolás se había hecho la misma pregunta miles de veces. No tenía respuesta. El suyo era un talento inservible, como conocer de memoria la formación de la selección argentina en cada mundial (aquí Nicolás pensaba en su tío Arnaldo) o recordar las capitales de todos los países del mundo. Capacidades extraordinarias, una bosta.

– Para algo me tiene que servir

Me gustaría tener un poder zarpado, pensó Nicolás con tristeza, un poder atómico, por lo menos volar, traspasar paredes, convertirme en otras cosas. Mientras pensaba sentía como las costuras del traje se le enroscaban en el poco pelo que le crecía de las axilas. Estaba transpirando. Así no podía llegar a la reunión, encima era la noche de su membresía: se imaginaba ante la atenta evaluación de una decena de superhéroes, expectantes a sus explicaciones, a las razones, misteriosas quizá, pero misteriosas como todo poder sobrenatural, por las cuales solo lograba desaparecer cuando se encontraba en soledad. ¿Por qué este poder? ¿Por qué no otro? Luca, mientras tanto, había encendido un cigarrillo.

– ¿Desde cuando lo tenés? – quiso saber.

– Desde que soy chico, desde que jugaba a las escondidas.

– ¿Tus viejos lo saben?

– ¡Por supuesto que no!- dijo Nicolás, ofendido por la pregunta. Entonces comprendió la razón por la cual le estaba contando a Luca: todo era una puesta en escena antes del verdadero interrogatorio. Como notó que Luca dudaba, Nicolás, con tono desafiante, preguntó:

– ¿Vos no me crees?

Luca giró en Catamarca y comentó por lo bajo que se estaba quedando sin gas. Nicolás comprendió con susto que tendría que bajarse del coche. Naturalmente, lo miraron todos: el cinturón dorado, las zapatillas pintadas de rojo, los pantalones chupines. Por suerte la campera, bien abotonada, ocultaba la parte superior de su traje. Sonrío como explicando en voz alta que se dirigía a una fiesta de disfraces, un sábado a las seis, hay fiestas de disfraces a toda hora. Cuando subieron fue como si Luca hubiera estado meditando una pregunta. Lo que dijo Luca fue formidable:

– Una vez conocí a una mujer que podía inyectar sentimientos en cualquier persona.

Los ojos de Nicolás se inflaron como dos globos. ¿Inyectar sentimientos? ¿Inyectar amor?

– Si, lo que quieras, te volvía loco. Nunca conocí una mujer igual, el resto, pelotudeces pendejo.

Nicolás no se sintió ofendido, solo pensó que hablaban de cosas distintas. Mientras tanto, el remís seguía corriendo por la avenida. Luca habló de la mujer, de su cara, lo que pasó, como revirtió el hechizo (no se puede en realidad, dijo, es imposible, de esas cosas no se vuelven: hay que saber acelerar el paso del tiempo) Le preguntó después si todo no era por una chica, si todo no era para sentir un secreto adentro.

– ¿Cómo sabes?

– ¿Estás enamorado no?

Nicolás no dijo nada.

– ¿Y pensás que por tener un superpoder, te haces merecedor de su amor? O, quizá, ¿podés sobrevivir sin ella?

El hombre transparente, por primera vez en su vida, sintió que le estaban leyendo el pensamiento. Entonces lo mandó a la mierda.

– ¡Callate loco!

– ¿Qué te pasa? Tranquilo, hablamos nomás.

– Basta che

Luca lo miró por el espejito retrovisor, fue un segundo nada más, después aceleró y giró en República de Chile.

– Mirá, voy a desaparecer, así que no me mires, tampoco me hables, cuando desaparezco mi voz no se puede oír.

Entonces Nicolás dibujó un círculo alrededor de su cara y se hizo invisible. Ya casi llegaban al bar de la calle Baigorria. Para envalentonarse, como Luca no podía escucharlo, comenzó a cantar a los gritos una canción de Pappo que le encantaba. Tenía una sola certeza: nadie jamás podría componer canciones con la brutal simpleza del Carpo. Cuando llegaron, volvió a dibujar un círculo alrededor de su cara, reapareció y le pagó el viaje a Luca.

– Perdoná – le dijo – estoy muy nervioso.

– No te preocupes – respondió Luca.

Nicolás se abotonó la campera y bajó del coche. Sentía ganas de llorar y las piernas le temblaban. Estaba por abrir la puerta cuando sintió una mano apoyada en su hombro. Era Luca. Pero Luca seguía arriba del remís. Fue una cosa extraordinaria: Luca se bajó, y del asiento trasero sacó una máscara y una capita amarilla que se anudó debajo del cuello.

– Yo puedo tocar a distancia – dijo, riéndose debajo del antifaz, y apretó la perilla de la puerta desde la mitad de la calle.


martes 18 de agosto de 2009

La casa del hombre elefante


Para los chicos



Como todas las historias personales, como la juventud, esta es una huida sin retorno. Ninguno lo sabe porque sencillamente no pueden saberlo y si supieran, si por algún mecanismo de la audacia o la sensibilidad, supieran, no habría historia, por lo tanto, no habría retorno. Ocurriría otra cosa. Entonces: no saben. Esteban podría por la practicidad que lo define: fue él quien se encargó de diagramar el viaje, de comprar los comestibles y conseguir la casita de veraneo en Villa Gesell. Todos los preparativos fueron obra de Esteban, desde la hora de salida en el ómnibus doble piso hasta la disposición de los gastos, el entusiasmo explosivo ante las primeras vacaciones en soledad, vacaciones sin los viejos, tres amigos en la Villa, además, era el único que sabía cocinar algo más que un plato de fideos y unos huevos fritos. Por otro lado, tal vez Julián, un poco por sensible, pero lo que le juega en contra es su hiper adaptabilidad, su falta de juicio, sus silencios, en suma su idiotez. Conejo, en cambio, por porrero. Pero, al menos, lo que puede decirse de Conejo es que, a diferencia de los otros, posee la cruel experiencia del trabajo: hace cuatro veranos que se dedica a cavar pozos con su viejo. Ahora bien, como todo destino turístico, la Villa ofrece una gama de posibilidades imaginarias que se contradicen con la variedad monótona de las posibilidades reales de acción. Más bien no se contradicen, se chocan, se estrellan.

El azar no suele ser generoso con las expectativas, sin embargo, en contra o a favor de toda probabilidad, conocieron a las chicas al segundo día. Esteban fumaba un cigarrillo en la orilla del mar, era un día nublado y ventoso, fumaba con la esperanza de que alguna minita le pidiera fuego. Eso nunca había pasado, según Conejo, ya desalentado, eso no pasaba nunca, cuando lo extraordinario sucedió: una morocha que no se sabe de donde había salido le preguntó a Conejo si no tenía un pucho para convidarle. Conejo, a su vez, llamó a Esteban, quién le alcanzó el atado y el encendedor. Ninguno sabía que decir.

– Gracias chicos

– Por nada – contestaron ellos.

Se miraron un momento. Entonces ocurrió otro milagro.

– ¿De dónde son?

Julián miraba la escena con sensaciones encontradas: por un lado se moría de ganas de participar, por otro sentía como si le estuvieran exprimiendo la panza desde adentro. Se quedó acurrucado sobre la lona mientras sus amigos charlaban con la morocha que después, descubriría, se llamaba Camila. Cada vez hacía más frío. La costa argentina es una garcha, pensaba Julián, demasiado lúcido para su edad, sencillamente por que algunos tardan décadas en llegar a tan delicada conclusión. Los oídos le zumbaban, sin embargo no podía irse, ya bastante con quedar congelado en la lona mientras sus dos amigos se acercaban al lugar donde estaba echada una de las amigas de Camila. Después de diez minutos, al ver que Esteban y Conejo se sentaban en la arena, decidió levantarse. Cuando lo vieron llegar, Conejo gritó:

– ¡Acá viene el héroe del grupo!

Las chicas se rieron. Durante un rato se convidaron mates con bizcochitos y charlaron de los boliches de Villa Gesell, de lo que pensaba estudiar cada uno, que hacían las chicas esa noche. Entonces Julián dijo que se iba para la casa, los otros lo miraron y después, mientras se alejaba, escuchó una frase que le dolió en el alma:

– ¿Así que este es el boludito del grupo?


En total eran tres, Camila, Susi y la Negra. Eran de Avellaneda, tenían, como ellos, diecisiete años. Quedaron en juntarse después de cenar.

– La verdad que no entiendo porqué te fuiste… ¿sos cagón o qué? – tiró Esteban al tiempo que revolvía la cacerola con un cucharón enorme. Mientras tanto, en una segunda jarra calentaba el tuco. Julián le respondió que nada, que iba a hacer ahí, eran dos, me fui y listo, decía. Sin embargo esa noche se largó la tormenta y las chicas cancelaron la salida. Después de comer Conejo armó los porros: picó una piedra sobre la mesa mientras tomaban fernet, le pasó un finito a Julián y se puso a armar otro. Afuera llovía cada vez más fuerte y comenzaba a gotear por uno de los pliegues del techo. Esteban explicó que el techo (la casa era de sus abuelos) estaba repleto de bichos de madera, imposibles de eliminar, lo que había que hacer era cambiar todas las columnas por completo: un gasto enorme que su familia nunca se decidía a asumir hasta que no fuera absolutamente indispensable.

Más tarde salieron a dar una vuelta con el coche: notaron muy poca gente en la peatonal. Vieron como, en las calles perpendiculares, el agua bajaba, en torrente violento, para desembocar en el mar. Pensaron que la inundación repentina se debía a que la arena chupaba mas lento que la tierra, en realidad lo que ocurre en la costa no se debe a cuestiones de velocidad sino de volumen, ya que la arena tiene una menor tasa de absorción, con lo cual, en cierto momento, la lluvia comienza a brotar desde la profundidad del suelo, es decir que llueve tanto de arriba hacia abajo como de abajo hacia arriba. Conejo, a todo esto, estaba en otro mundo, un mundo mejor, pacífico, lleno de luz y pensamientos maravillosos.

Cuando volvieron se encontraron con el perro: un perro con una cara enorme y una oreja enroscada, acostado en posición fetal, cagado de frío. Primero sintieron el impulso de patearlo pero a Julián, el boludito sensible, le agarró lastima. Le hizo un mimo que el perro agradeció con los ojos, sin moverse. Desde entonces lo adoptaron. El nombre vino después, no es del todo común el talento de hacerse cargo del momento y entender que nombre precisa alguien o algo en determinadas coordenadas vitales. El nombre al final fue casi irónico, pero ninguno podía ver más allá del porro o las chicas o esos días de enero en Villa Gesell. Se le ocurrió a Conejo: lo llamó Drogo.


Susi era la más turra, naturalmente por decisión propia: ese verano estaba decidida a bajarse al primero que se le cruzara. Además, era la que tenía mejor lomo, una colita parada y lindas tetas, flaca, un poco petisa. Camila era la más interesante, por su agilidad mental, por lo jugada, por lo histérica. La Negra, aunque en general si a una mujer le dicen la Negra (apodo que se pronuncia siempre en mayúsculas por su carga inherente de sentido) de la misma manera que si le dicen la Gorda cabe esperar cualquier desastre, tiende a ser un fierro, pero en este caso era la fea del grupo: una cínica que no confiaba en nadie, una tabla de planchar, casi raquítica. La Negra, en el fondo, no se bancaba a las otras, un poco por envidia, otro poco por pura insoportable. Tenía un gusto horrible para vestirse, peor todavía, se hacía la cumbiera. Lo positivo: le gustaba petear como a ninguna.

La cuarta noche fueron todos para Dixit. Al final, Camila terminó a los besos con Esteban, Conejo acariciándole el culo a Susi y Julián y la Negra mirándose las caras, yendo y viniendo del baño. Cuando la Negra se fue al hotel, Julián se escapó de la vista de los otros y se acurrucó en uno de los sofás del reservado. Pensaba entonces que haberse ido de vacaciones con los chicos había sido el error más grande de su vida. A las cinco de la madrugada se fue caminando para la casa, se acostó y se puso a llorar tapándose la cara con una almohada. Conejo y Esteban llegaron a las siete y, antes de despertarlo a los golpes, armaron uno.

Otra cosa descubrió Julián: Conejo no había parado nunca de fumar. Una noche lo descubrieron tildado en el pasillo que daba a los fondos de la casa: estaba inmóvil diciendo que le daba terror entrar en la oscuridad que crecía entre los arbustos y los pinos. Otra noche, fumado, se acostó con Susi, nunca supo si tardó segundos u horas en acabar.

De esos días le vino a Julián el mote de cagón, mientras los otros garchaban o salían con las chicas, él se quedaba leyendo en la cama o sentado en una banqueta del jardín. A veces lloraba de la emoción de estar solo. Únicamente las tardes las pasaban los tres juntos y fue en algún momento de embole en que decidieron premiar a Drogo por la buena suerte que habían tenido. En realidad siempre le daban los restos de las comidas, alimento que el perro recibía con extraordinaria satisfacción, sin embargo esa tarde mezclaron las salchichas con una tuca y un salpiqué de marihuana que Drogo devoró con gula. De ahí en más, la dieta del animalito fue un combo explosivo.

– Mirá como corre – decía uno y le pateaba la pelota de fútbol en la cara.

– Y esos ojos loco, fijate bien – agregaba Conejo, excitadísimo. El perro ahora los seguía para todas partes y parecía preso de un celo asesino: ningún can podía osar acercarse al grupo sin que lo atacara sin consideración. Varias veces hicieron el chiste de que lo podrían poner a jugar al truco con ellos, ya que el faso le estaba agilizando las neuronas de una manera letal.

– En cualquier momento te coje en el mano a mano Juli – decía Esteban. Y de cierto modo tenían razón, porque Julián, como buen sensible, era un pésimo jugador de cartas, razón suficiente para que el perro le ganara.

Uno de los últimos días, en un rato libre en que las chicas se fueron con Esteban a comprar comida a la rotisería, Conejo y Julián se subieron al techo del baño de servicio dominados por la excelente idea de arrojar a Drogo para verificar si, a esta altura, ya era capaz de volar. Vale mencionar que el perrito se debatía aterrado en los brazos de Conejo. Al cagón de Julián, naturalmente, le dio lastima.

– ¿Y si se golpea che?

– Dejame de romper las pelotas, lo tiramos y listo.

– ¿Estás seguro? Para mí que cae redondo.

– Vos contá hasta tres que yo lo tiro.

Drogo miraba suplicante para todos lados, moviendo las patitas de adelante, las mismas que no le gustaba por nada del mundo que le tocasen. A la cuenta de tres Conejo lo arrojó al vacío. Se escuchó un ruido apagado y cuando se quisieron dar cuenta Susi, desde un rincón, los miraba extrañada. Buscaron hacia abajo: eran más o menos cuatro o cinco metros de caída libre.

– ¿Y Drogo? ¿Dónde mierda está Drogo?

Ahí estaba, rajando entre las piernas de Susi para esconderse dentro de la casa.

– ¡Viva Drogo! ¿Viste como se mantuvo en el aire?

– Que se va a mantener, el pelotudo cayó como una piedra.

– Vos no entendes nada – dijo Conejo resignado y le dio un besito a Susi, que seguía sin entender.

Entonces Julián vio a la Negra. Desde la vereda venía con Camila y Esteban, acarreando un cajón de cervezas. Más tarde esa noche la Negra lo llamó a un costado.

– Quiero hablar con vos – le dijo

Hacia calor en el parque y se escuchaba el croar esponjoso de los sapos.

– ¿Me podés explicar si vos sos boludo o qué?

– ¿Eh?

Julián se había atragantado con la pregunta.

– ¿Sos boludo o no? – repitió.

El cagón no sabía que pensar.

– Vení – le dijo finalmente la Negra.

Dieron la vuelta a la casa y se besaron. La Negra tenía la lengua rasposa e iba llevando las manos de Julián en la dirección en que quería que le acariciara el cuerpo. Al cagón no le importó mucho, ni siquiera se percató de su inocencia: estallaba de felicidad. A los diecisiete años era el primer beso que daba en su vida.

Cuando volvieron de la mano los otros se mataban de la risa.

– ¡Por fin héroe! – gritaron y se pusieron a aplaudir.

Ese fue el final de unas vacaciones memorables.


Para el psicoanálisis (Esteban estudiaba Psicología en la Universidad de Morón) hay un momento de crecimiento personal que coincide con la adolescencia o la post-adolescencia. Para la astrología (Julián, quién hacía el cbc para Filosofía, se había hecho tirar las cartas varias veces) en cierto estadio, que es distinto para cada sujeto, ocurre una maduración en la cual nos convertimos en lo que realmente somos. Esteban ya había pasado por esa etapa, Julián y Conejo estaban en eso. Ese año se habían visto mucho, casi como durante la secundaria, salían los sábados, ninguno estaba en pareja, se drogaban seguido, gustaban mas o menos de la misma música. No hizo falta organizar mucho, era sabido que repetirían las vacaciones en Villa Gesell. Entonces: ¡Sorpresa! Al llegar se encontraron con Drogo del lado de afuera de la tranquerita blanca de la casa. Estaba muy flaco, más alto, y esta vez con las dos orejas paradas. Lo que era cierto es que irradiaba alegría. Los muchachos estuvieron de acuerdo en que era sorprendente y que, de ninguna otra manera, sus vacaciones podían comenzar mejor. Estuvieron de acuerdo en otra cosa: para repetir la cuota de suerte de la temporada anterior, debían repetir la dieta de comestibles y marihuana, con más razón si necesitaban que Drogo recuperara el tono muscular de antaño.

Además volvieron a encontrarse con las chicas, en realidad con Susi y Camila, ya que con la Negra habían dejado de verse y ahora decían que era una conchuda de mierda por algún motivo que jamás terminaron de explicar. Por lo tanto Julián volvió a pasar un verano apartado, disfrutando de la compañía de Drogo. Puan le había pegado la onda jipona, así que andaba para todos lados con boina de lana, camisa y morral. Había curtido un culto a la imagen atroz, una mezcla de hipismo con divismo que era sumamente paradójico. Era un movimiento exterior, pero también interno, porque se ensombrecía para sí, al mismo tiempo que se tiraba a leer libros de Celine en las playas cool del centro. Drogo, más inteligente que ninguno, no se prendía en esas andanzas. En cambio Esteban salía a correr al atardecer cinco o seis kilómetros, preparándose para la pretemporada del club Italiano. Conejo se la pasaba descansando de la vida de hacedor de pozos que lo tenía cada vez más triste. El agua del mar, decía, lo calmaba, por eso solía nadar hasta perderse de vista, brazeando hacia lo hondo entre olas que le ocultaban el cuerpo para renacer luego en las ondulaciones salinas.

Pronto repitieron el experimento con Drogo. Los muchachos treparon al baño aunque decidieron, por un motivo desconocido, subir al tejado de la casa.

– ¿Si saltamos y subimos? – había dicho Conejo, que ya había mencionado alguna vez la idea, mirando con ímpetu la escalerita que llevaba hacia lo alto.

Dejaron a Drogo en el suelo y fue Conejo el primero en atravesar el acantilado. Eran no más de metro y medio pero parecía peligrosísimo, además, había que tener cuidado con el aterrizaje, no vaya a ser cosa de pisar una teja suelta y desbarrancarse hacia abajo.

Conejo lo logró sin problemas. Julián, en cambio, estaba asustadísimo.

– Ahora te toca a vos

Esteban tomó impulso y saltó.

– ¡Viva Esteban!

– Ahora vos Juli, dale…

El cagón se tomó su tiempo. Midió el salto y donde habría de caer. A la tercer puteada Julián, decidido, se elevó y sintió en el cuerpo la adrenalina de mil amperes. Llegó apenas. Los tres, para descansar, se sentaron en el vértice donde se unían las aguas del techo: la noche era infinita, crecía hacia el océano, pasaba encima de sus cabezas, demasiado cerca, pensaban, para perderse después en múltiples direcciones. Hablaron de muchas cosas ahí arriba, de la relación con sus viejos, el hermano preso de Conejo, de la belleza de las vacaciones. Decidieron que se podrían quedar a vivir ahí, hasta hicieron planes para mudarse a la Villa y ponerse una panchería. De ese momento cumbre los despabiló los ladridos de Drogo.

– Drogo quiere venir. ¿Lo traemos?

– Que venga solo si quiere – dijo Esteban

Conejo y Julián lo miraron. Hablaba en serio. Entonces se pusieron de pie y despacito se acercaron hacia el extremo del tejado. Comenzaron a llamarlo a los gritos.

– Veni Drogo, saltá, vení Drogo

– Iuuuuuu Drogo, acá estamos.

– Dale puto, dale puto que vos podés.

Drogo tomó un pequeño impulso y saltó. No lo podían creer: el perro pasó por encima de sus cabezas, cayó dos metros más allá, volvió a cobrar empuje y pareció sostenerse unos segundos en el aire, para luego aterrizar en el jardín delantero, más allá de la zona de los pinos.

Después de semejante demostración de habilidad, como Conejo no tenía drama y estaba contentísimo con la mutación de Drogo, antes del regreso a la capital le dejaron en el tarro la marihuana que les había sobrado.


Sin embargo ya no eran los mismos. Algo, más no sea una pequeña cosa se había descalibrado en la maquinaria de la amistad. El problema en realidad es que no era una pequeña cosa. La droga y la barba de Esteban ya no los hacían desaparecer ante nada, se juntaban apenas para los cumpleaños, fingían que se divertían en las fiestas, cada tanto hablaban por teléfono (ni Conejo ni Esteban iban ya al Monumental a ver los partidos de River) Los temas y los sentimientos que antes los unían ya eran parte del pasado. Por eso fue sorpresivo que Esteban los llamara para pasar el fin de semana del día del amigo en la casita de sus abuelos en Villa Gesell. Cuando llegaron (un viernes de madrugada) no había señales de Drogo, lo que por algún motivo los decepcionó, y un frío asesino les pegó en el ánimo. Descubrieron también que los abuelos de Esteban habían cambiado la madera del techo y podado los árboles que le daban un aspecto siniestro al pasillo del fondo. Por supuesto, tampoco estaban las chicas. Esa noche salieron a dar una vuelta pero congelados volvieron a la casita. Sintieron, en algún momento, que la amistad renacía. Luego tiraron los colchones en el living, al calor de la chimenea. Acostados en el suelo, rozándose las piernas uno a otros, Julián pensó que era el momento de dejar de lado la cobardía: les contaría todo, todo lo que se había guardado desde aquella noche en el tejado. Se le notaba la tensión en la cara. Cuando estaba por hablar, entonces, en el momento más inoportuno, escucharon un golpe seco en la ventana. Conejo fue el primero en levantarse. Esteban, de la sorpresa, se echó para atrás hasta tropezarse con una silla y caer de espaldas. En ese momento Drogo rompía con el hocico el vidrio y asomaba la mitad de su cuerpo en la sala. Se había convertido en un animal descomunal y con unas alitas simpatiquísimas. Los ojos eran agresivos pero a la vez escondían una maravillosa ternura.

– ¡No lo puedo creer! – repetía Conejo, fuera de sí. Julián, en cambio, permanecía tildado.

El perro retiró la cabeza al tiempo que los chicos abrían la puerta del frente. Vieron apenas como Drogo volaba de pino en pino, soltando bocanadas de fuego y luz por la boca. En un segundo los tres se habían calzado, puesto las camperas y comenzaban una persecución por las calles desiertas de la Villa. Esteban, preso de la excitación, se había olvidado ponerse los pantalones, con lo cual corría en calzoncillos.

La última imagen que tuvo Julián de sus amigos fue la siguiente: la fosforescencia blanca de Esteban, Conejo saltando para agarrarle las patitas al perro y en la inmensidad de la noche Drogo, quemando la escarcha helada con su aliento.



miércoles 29 de julio de 2009

Dieciocho


Conrado le dijo a su mujer que tenía una sorpresa. Carina estaba tejiendo una colcha cuando su marido, con un bonito ramo de flores en la mano, entró por la puerta y dijo:

– Mi amor, te traje una sorpresa.

La mujer de Conrado pensó por un instante y descartó cualquier motivo lógico que pudiera explicar la sorprendente actitud de su marido. Dejó la colcha sobre la mesa y se lo quedó mirando.

– ¿Una sorpresa? ¿Para mí?

– Si bobi… ¿para quién va a ser? – respondió Conrado con cariñoso sarcasmo.

Carina sintió ganas de llorar. Se miraron por unos segundos.

– Si, teatro y cena, mirá…

Y le mostró los tickets.

– ¡Ay Rubén!

Carina tardó todavía un momento en reaccionar. Estaba tan feliz que, camino al baño, se llevó por delante la mesita ratona. Una hora después salía de la habitación peinada y maquillada, con jeans y una remerita negra bastante escotada para su edad.

– ¿Cómo estoy? – le preguntó a Rubén.

– Hermosísima – dijo él y le dio un beso en la mejilla.

Después de la obra fueron a cenar a una pizzería en el Microcentro. Una vez en el coche, a punto de regresar, Conrado dejó entrever que todavía faltaba algo. Encararon para Avenida del Libertador.

– ¿Adonde me llevas?

– Ah

Entraron en un telo.

– Ay, hace mucho ¿no? – dijo Carina y le acarició la pierna a su marido. Notó entonces que ya la tenía muy parada.

– Soy Rubén Conrado – anunció en la ventanilla y le pasó un papelito al empleado. Este, a su vez, le alcanzó una tarjeta con un número y le dijo que tenía hasta las ocho.

– ¿Hasta las ocho? ¿No ténes que trabajar mañana? ¿Por qué le dijiste tu nombre?

– Shhh, ya vas a ver…

Bajaron del coche y subieron un piso por las escaleras. Los pasillos del telo estaban iluminados por unos faroles que arrojaban una luz amarilla sobre sus cuerpos. Las paredes eran de madera y el piso tapizado por una alfombra de un verde crudo. Carina observaba todo con mucho interés, ay, hace tanto que no iba a un hotel de alojamiento. Doblaron y caminaron hasta el fondo. Cuando pensó que no podían avanzar más, Conrado miró los números, pegó otro giro y camino unos metros. Llegaron a la habitación 102. No se veía nada, pero a tientas bajaron una escalerita. Cuando se escuchó una voz, quedaron inmóviles.

– Por acá – había dicho la voz.

Se encendió entonces una luz muy leve. Un muchacho de traje, rubio, los miraba, en realidad, la miraba a Carina. Esta a su vez miraba a Conrado.

– ¿Adonde me trajiste? – alcanzó a preguntar.

Conrado movió la cabecita, como pidiéndole calma.

– Si esta es tu idea…

Pero no completó la frase. Permaneció en silencio, pensando que el rubio era joven y muy lindo, que después de todo, pero que raro, nunca creí, volvió a pensar.

– ¿Así que ella es Carina?

– Ajá

– ¿Cómo?

– Tranquila mi amor

– Me llamo Agustín, su marido contrató un servicio, un servicio particular, digamos…

La luz parpadeó. Carina amagó con irse pero luego se dejó sujetar por la mano de su marido. El rubio sonreía.

– No duele nada, nunca hubo quejas – dijo el muchacho buscando un tono tranquilizador que consiguió a medias. Conrado se percató del impacto que había provocado la frase y le acarició la mejilla a su mujer.

– No es lo que vos pensas

– ¿Se puede saber que es entonces?

– Por favor, un momentito… ¿Qué decidió señor?

– Dieciocho – respondió Conrado con seguridad, como si hubiese estado esperando la pregunta toda la noche, lo que en realidad era cierto.

–Dieciocho – repitió el muchacho rubio para estar seguro, para saborear el momento e imaginarse a la mujer. Después le señaló un biombo a Carina y le dijo que pase. Como ella dudaba, volvió a sonreír.

– Vas a ver que lindo, haceme caso, yo estoy acá, te va a gustar…

Carina imaginó que, después de todo, no sería malo darle un gusto a su marido, además, si no ahora, ¿cuándo? Se acercó con pasitos vacilantes hacia el biombo.

– Desnudate por favor – fue lo último que alcanzó a oír Conrado.

El muchacho rubio se preparó y entró al biombo por detrás. Después de hablar con Carina, la acostó en una camilla, y con ayuda de una mujer que acababa de aparecer, la llevaron a un segundo cuarto.

Unos minutos después comenzaron los gritos. Conrado, por supuesto, no podía ver nada, pero estaba sobre aviso: el proceso dolía un poco.

– Ay ay ay, la puta – gemía Carina – Ui, dios mío.

A Conrado le habían explicado que era como tirar el cuerito cuando uno está empachado. La mecánica era la misma, solo que era otro cuerito el que había que despegar. El problema había sido siempre cómo convencerla a Carina. A la media hora, por fin, se abrió la puerta.

– Dieciocho – se apresuró a decir el muchacho rubio, contentísimo. Detrás de él apareció Carina, con la cara y el cuerpo de una chica de dieciocho años. Temblaba de la excitación. Tenía las tetas firmes, flaquita, en el espejo de la sala no lograba reconocer sus gestos. La mujer que había hecho de auxiliar explicó que habían sido 39 tirones, por eso la tardanza.

– ¿Y la señora que decide? – preguntó finalmente, después de una pausa.

– Lo mismo – respondió sin pensar.

Carina estaba pasmadísima. ¡Su voz! ¡Su voz era una locura!

Cuarenta minutos después Rubén Conrado salió hecho un pendejo, sin barba, radiante como nunca.

Salieron de la habitación: el muchacho les había explicado que disponían hasta las ocho, hora en que el cuerito de la edad volvería a pegarse. Después de esta noche, en las sucesivas oportunidades en que quisieran repetir la experiencia, cada vez sería más difícil y doloroso despegarlo.

– Ahora si, vamos a garchar – dijo Conrado, mientras apoyaba la palma de la mano en el culito hermoso de su mujer.


domingo 7 de junio de 2009

Una película de culto


Sale de la ducha chorreando agua y mientras se seca el pelo con una toalla clarita, camina hasta el living. Luego se deja caer en el sofá, cruza las piernas; por un rato mira las paredes, después el balcón con las plantas, las dos sillas un poco sucias e iluminadas por el tubo de luz que hace un ruido seco y se demora unos pocos segundos en cobrar fulgor. Al levantarse nota la humedad que ha dejado sobre el cuero del sofá. Clara camina hacia la habitación (antes se miró de reojo en los espejos del pasillo, pensó que estaba linda, que tiene que ir al flebólogo): elige una falda oscura, unas sandalias, una musculosa violeta. Así estás bien Clara, así estás bien, repite para sí misma. Entonces lo nota: desde siempre los pies le dan impresión: de chica, para no verse, solía bañarse en el río con las medias puestas. Antes de salir chequea unos mails, alguien le escribe que quiere verla, se acuerda del cumpleaños de un amigo que no visita hace mucho, no te olvides de escribir, no te olvides, se dice, el lunes se entregan los trabajos, mañana es lunes, cosas así. El cursor del mouse vaga por la pantalla, traza figuras imperfectas que saltean íconos sobre un fondo de mar, Caribe y palmeras. A los quince minutos desciende por el ascensor. Son las nueve y media de un domingo de verano y nadie la ve salir. Camina cinco cuadras. La vemos andar nerviosa, prender un gitanes: fuma mirando el cielo encapotado, suspira y gira, otras dos cuadras, diez, veinte, treinta pasos. Al llegar aprieta el sexto B en un bloque plateado que esconde huellas táctiles a contraluz. Espera uno, tres, seis segundos, dice soy yo, pausa, viene a verte, pausa, la puerta se abre y camina hacia el ascensor; sube con un pelado que en su mano izquierda lleva un paquete con olor a empanadas y en la otra arrastra la mano en miniatura de una nena de seis años, con trenzas y vestida con un carpintero precioso. La puerta del sexto B está entornada. No podemos saber su nombre pero se besan ahí nomás, la puerta se va cerrando, despacio, se cierra, se cerró. Nos quedamos fuera mientras el pasillo se oscurece y escuchamos las voces, cada vez más distantes. Las cosas permanecen demasiado quietas, podríamos aburrirnos pero no, esperamos, miramos los objetos, el tono de la noche que baja como una persiana o una correa hasta que al fin nos acostumbrarnos a la ceguera, de a poco, todo sucede de a poco como si no sucediera nada. De pronto, unas horas después, la puerta se abre. Clara sale apurada y es tan lindo ver como se aleja, como se pierde mientras la luz de una bombita de bajo consumo le cae en la espalda dibujándole una sombra que no corrige nada, esta monísima, puta que es linda Clara. Camina contenta y todo gana en colores, naranja, celeste y amarillo, colores por todas partes que se mueven como manos que se tocan. No sabíamos que los colores pudieran tocar tanto. Clara tampoco lo sabe. Abre la puerta de su departamento mientras revisa el celular que acaba de vibrar: que mal me hace verte, dice el mensaje de texto, que mal me hace. Entonces los colores se borronean un poco. Se queda quieta. Se mueve apenas, lo mínimo indispensable para apretar play con el mouse y elegir una canción de Nick Drake. Le sube desde el pecho hasta la garganta (como si pecho y garganta fueran una misma cosa) las ganas de tirarse en la alfombra y empezar a agitar los brazos, patalear; siente de a poco como la pieza se va quedando sin aire, que el aire falta en todo el segundo piso, en todo el barrio de Caballito. Algo chupa el aire que llena el mundo: una gran aspiradora de metal inflándose hasta reventar. Luego el silencio, un aroma a comida de mamá. Busca una cerveza en la heladera, la abre, llena un vaso, en un marco hay una foto y en la foto hay una sonrisa (su sonrisa) que parece estirarse cada vez más. Quiero robarme esa sonrisa, piensa Clara. Podría tener un gato pero en su vida no hay espacio para animales. Sin embargo abre un frasco de pastillas, se tira en la cama vestida y llora un poquito: nos da un poco de espanto esos sonidos entrecortados, un poco huecos, pero más espanto aún verla y no poder hacer nada. Clara se levanta con el rimel corrido y avanza hacia el balcón. Levanta el rostro a la oscuridad y se deja caer. Rayones y figuras perpendiculares se suceden a velocidad desesperante. La cámara cae unos segundos después, estallan sus injertos que ruedan, algunos, hasta la mitad de la avenida.


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